Lo confieso: Soy de la generación que acompaña a sus hijos a la Universidad

¿Qué significa acompañar a un hijo en la universidad hoy? Para mí, una madre de 50, ha sido descubrir que, incluso en la era digital y a kilómetros de distancia, el vínculo de apoyo se teje más fuerte que nunca. Soy de esa generación que, quizá, nunca fue acompañada ni a la parada del autobús, pero hoy, mi historia con Rafael Andrés, el futuro animador, me ha enseñado que cada camino es único, y el nuestro, es simplemente perfecto.


Desde niño, la animación fue el universo de Rafael Andrés. Su mente era un torbellino de personajes, juegos e historias que, con poco menos de 11 años, comenzaron a cobrar vida. Recuerdo cuando, con sus cachetes redonditos y sus rulos rubios, me decía: «quiero hacer un cómic». Confieso que, en mi desconocimiento de aquel mundo tan suyo (yo pensaba en historietas en papel, no en animación), le solté una frase para «quitármelo de encima»: «Para que alguien te entienda, debes sacar eso de la cabeza. Toda historia necesita un guion, escríbelo y después vemos». Lo que no esperé fue la seriedad con la que se tomó el desafío. Pasó todas las vacaciones de diciembre escribiendo y estructurando. Un día, con una mezcla de orgullo y nerviosismo infantil, me hizo la presentación: un cuaderno lleno de historia, estructura y hasta ilustraciones. Quedé, literalmente, maravillada. «Hijo, esto es un libro», le dije, y así fue como, con solo 11 años, «Max El Caballero del Tiempo» vio la luz, disponible en Amazon.


Con la adolescencia y la pandemia (2020-2022), las prioridades cambiaron. Los estudios virtuales en el colegio lo llevaron a poner en pausa la saga de Max, enfocado en ser el mejor de su clase. Pero esa pasión nunca murió, solo se transformó. Él siempre dijo que algún día completaría la historia. Y lo hizo. Al salir de bachillerato, releyó «Max El Caballero del Tiempo» y «Max El Caballero del Tiempo más alto que nunca», y con la madurez que le daba la perspectiva, pudo reconocer cómo mejorar esa historia. Es fascinante ver cómo al crecer, podemos enmendar y enriquecer nuestros propios legados.


Llegó el momento de elegir universidad. California, su sueño inicial, no fue posible. Fue entonces cuando descubrimos la Universidad Europea de Madrid, que ofrecía la carrera de animación online con exámenes presenciales. Para él, la modalidad online ya era una opción viable y casi normal, gracias a la experiencia de la pandemia. Para mí, sin embargo, era inquietante.

Quería que viviera la experiencia universitaria «tradicional»: amigos, salidas, campus. Incluso me cuestioné si su brillantez no se estaría desaprovechando en una carrera «desconocida» y a distancia. Lo animé a considerar Comunicación Social, Derecho, Diseño Gráfico… pero él, firme en su convicción, se mantuvo en Animación.
Así, nos embarcamos en esta aventura donde lo «cotidiano» en Venezuela a menudo se convierte en un desafío. Las fallas de internet o los cortes de electricidad han provocado momentos de tensión y hasta anécdotas cómicas: ¿quién no ha tenido que bajar siete pisos corriendo con la computadora a cuestas para buscar un café o un sitio con electricidad y poder presentar un trabajo?


Dos veces al año, los exámenes presenciales nos llevan a Madrid. La primera vez que pisamos el campus, me asaltó el «síndrome de la mamá gallina». Me sentía, de alguna manera, «invasiva», pensando: «esta vino con el hijo». Pero la preocupación se disipó rápido. Mi hijo no solo no se molestó, sino que sentía mi apoyo. Y no estábamos solos. En la cafetería, vi a un chico con su padre, quien se bebió cinco Coca-Colas mientras esperaba, chocando la mano de su hijo cada vez que salía de un examen. Observé a una joven que se despedía con besos y abrazos de su madre y su hermano antes de entrar al salón. Padres sonriendo y soltando un «peso» cuando sus hijos salían exclamando «¡Aprobé!». Fue entonces cuando entendí: «Sí, eres de la generación que acompaña a sus hijos a la Universidad».


A veces, nos dejamos llevar por lo que creemos «socialmente correcto», o nos ponemos barreras autoimpuestas. Pero en mi caso, he aprendido a vivir la maternidad desde el amor y la paz, apoyando a Rafael Andrés y a mi hija Daniela en sus sueños y metas, sin importar cómo se manifiesten en esta nueva era. Hoy, aunque solo he dormido cuatro horas por la distancia y el cambio de horario, y mi hijo ha pasado 12 horas de presión y adrenalina con cinco exámenes, me siento afortunada. Es un cansancio dulce, el de quien ve a sus hijos construir su propio camino.
Esta experiencia me ha enseñado que la verdadera maestría de ser padre radica en acompañar sin imponer, en celebrar cada logro, grande o pequeño, y en recordar que, para nuestros hijos, su propia historia universitaria, con sus desafíos y sus victorias únicas, es simplemente perfecta.

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